Quienes me conocen saben que tengo una especial debilidad por los pericos y loros. Desde hace años dedico parte de mi tiempo libre a observarlos, fotografiarlos y aprender todo lo que puedo sobre ellos, especialmente sobre nuestras especies silvestres.
Tengo además la enorme suerte de vivir en un lugar donde un árbol de guayaba se ha convertido prácticamente en un pequeño punto de encuentro para varias aves. Entre sus visitantes habituales están los chocoyos o pericos frente naranja (Eupsittula canicularis), además de otras especies de pericos.
Con el paso de los años he podido observarlos alimentándose, interactuando entre ellos e incluso llegando con sus crías. Cuando uno pasa suficiente tiempo observando una especie comienza a reconocer ciertas conductas y vocalizaciones; por ejemplo, el insistente llamado de los juveniles pidiendo alimento a sus padres es bastante difícil de confundir una vez que lo has escuchado varias veces.





Estas observaciones parecían simplemente otra de esas pequeñas alegrías cotidianas que me dan los pericos.
Hasta que un día ocurrió algo muy diferente.
Algo había pasado en el guayabo
Ese día escuché repentinamente gritos de un chocoyo que claramente no eran las vocalizaciones habituales del grupo. Eran gritos de alarma y dolor.
Salí inmediatamente a revisar.
Cuando llegué encontré a un chocoyo en una rama bastante baja del árbol. Eso ya me llamó la atención, porque normalmente se mantienen mucho más arriba, entre la copa y las ramas donde se alimentan.
Intenté acercarme lentamente para observarlo mejor.
El ave trató de escapar.
Pero no pudo.
Intentó volar, perdió el control, se estrelló contra una pared y terminó cayendo al suelo.
En ese momento fue evidente que estaba herido.
No llegué a ver qué animal lo había atacado, así que no puedo atribuírselo con certeza a ninguno.
Sin embargo, sí tengo algunos candidatos plausibles por las observaciones que he hecho en la zona. Una pareja de gavilanes frecuenta los alrededores y recientemente sacó adelante un juvenil, al que he visto sobrevolando el sector e incluso pasando a baja altura cerca del guayabo. También hay gatos en el área y he observado ardillas disputándose estos árboles con los propios chocoyos.
Algunas de las lesiones eran compatibles con un ataque: además de las heridas visibles en la cabeza y el pecho, presentaba una pequeña perforación debajo de un ala. Esa lesión podría ser compatible tanto con una garra como con una mordida, pero sin haber presenciado el incidente sería imposible determinar qué ocurrió solamente a partir de la herida.
También es posible que parte de las lesiones se agravaran cuando, ya debilitado, intentó volar, chocó contra una pared y cayó al suelo.
Así que tengo sospechosos, pero ningún culpable. XD


Lo que sí podía ver era que había sufrido varias lesiones y estaba sangrando.

Tenía sangre alrededor de la cabeza, una inflamación importante alrededor del ojo y otras heridas en el cuerpo. Posteriormente también se identificó una pequeña perforación en la espalda, escondida debajo del ala.
Una de las heridas de la cabeza sangraba bastante.
Durante aquellos primeros minutos mi prioridad fue contener la hemorragia, manipularlo lo menos posible y mantenerlo estable mientras llegaba un veterinario de confianza.
Por momentos el ave estaba tan debilitada que ya ni siquiera conseguía mantenerse de pie.
Sinceramente, pensé que podía morir.




De rescatar un animal a poder liberarlo hay un largo camino
El veterinario se hizo cargo del chocoyo y realizó la evaluación correspondiente. Una vez estabilizado y después de varios días de observación, comenzó a plantearse la posibilidad de devolverlo a libertad.
Y aquí aparece algo que considero importantísimo:
rescatar un ave silvestre no significa que automáticamente esté lista para ser liberada.
En este caso teníamos una ventaja enorme.
Sabíamos exactamente de dónde procedía.
No era un ave cuya historia desconocíamos ni un animal que hubiera pasado años en cautiverio. Era un individuo silvestre que había sido recogido prácticamente en el mismo lugar donde vivía.
Yo llevaba años observando chocoyos en esa zona. Sabía que utilizaban esos árboles para alimentarse, conocía la presencia habitual de grupos de la especie e incluso tenía registros fotográficos de ellos.
Por eso planteé que, si el animal conseguía recuperarse completamente, lo ideal sería devolverlo al mismo lugar donde había sido encontrado.
Era su territorio conocido.
Allí sabía dónde encontrar alimento, conocía el entorno y existía además la posibilidad de reencontrarse con los otros individuos con los que ya interactuaba antes de resultar herido.
El veterinario estuvo de acuerdo.
Pero todavía faltaba algo esencial.
Volar no es lo mismo que estar preparado para vivir en libertad
Cuando el chocoyo regresó conmigo para una posible liberación, decidí hacer primero algunas pruebas de vuelo en un espacio controlado.
Y sucedió algo que demuestra perfectamente por qué no debemos apresurar una liberación.
El ave podía volar.
Podía despegar y ganar algo de altura.
Pero después de recorrer unos pocos metros comenzaba a perder fuerza y altura.
Se agotaba con mucha rapidez.
Llegaba a un punto en el que el cansancio era tan evidente que al intentar recuperarlo prácticamente ya no trataba de escapar.
Eso para mí fue suficiente.
No estaba listo.
Podía mover las alas.
Podía despegar.
Pero eso no significaba que tuviera todavía la resistencia necesaria para sobrevivir afuera.
En libertad un perico necesita mucho más que ser capaz de recorrer unos cuantos metros. Tiene que desplazarse entre árboles, buscar alimento, seguir a otros individuos, reaccionar ante amenazas, maniobrar y escapar de posibles depredadores.
Una pérdida repentina de fuerza en un ambiente controlado significa simplemente que uno recoge al ave.
Una pérdida repentina de fuerza en libertad puede significar caer al suelo frente a un gato, terminar en una calle, quedar atrapado en un lugar peligroso o ser capturado por una persona.
Así que decidí no liberarlo todavía.

Esperar también forma parte de una liberación
Durante los días siguientes continuamos observando su evolución.
Las heridas fueron cicatrizando, la inflamación alrededor del ojo desapareció y su condición general mejoró considerablemente.
También fue recuperando fuerza.
Yo seguía realizando pruebas controladas de vuelo.
Cada día conseguía desplazarse mejor y durante más tiempo, aunque inicialmente todavía mostraba señales de cansancio.
Y ahí surgió otra pequeña dificultad.
Las guayabas del árbol estaban comenzando a terminarse.
Los chocoyos que habitualmente llegaban habían empezado a visitar el lugar con menos frecuencia.
Mi intención original era liberarlo cuando hubiera otros chocoyos cerca. Me parecía ideal que al salir pudiera escuchar o ver inmediatamente a otros individuos.
Pero tampoco tenía sentido mantener indefinidamente en cautiverio a un animal silvestre que ya estaba recuperándose únicamente esperando que coincidiera exactamente con la llegada de su grupo.
Lo consulté nuevamente.
En este caso particular, al tratarse de un individuo adulto que ya había vivido libre en esa misma zona, no era un animal que necesitara “aprender” a ser chocoyo ni incorporarse por primera vez a una parvada.
Él ya conocía el lugar.
Ya conocía a los otros chocoyos.
Sabía dónde buscar alimento y cómo desplazarse por la zona.
Así que cuando su capacidad de vuelo finalmente pareció suficientemente recuperada, decidimos proceder.
Y entonces, por pura casualidad…
Llegó el día.
Yo había estado pendiente de los chocoyos durante bastante tiempo y justamente aquel día aparecieron algunos en un árbol cercano.
No estaban en mi guayabo, pero sí estaban lo suficientemente cerca como para escucharlos.
Así que llegó el momento.
Colocamos la jaula en un punto desde donde tuviera una salida completamente libre.
Abrimos la puerta.
Y esperamos.



No hubo lanzamiento.
No hubo que obligarlo a volar.
La decisión final fue suya.
Salió.
Batió las alas y comenzó a alejarse.


Primero pasó junto a la vegetación cercana.
Luego continuó avanzando.
Cada vez estaba más lejos.
Y lo más importante para mí: no ocurrió aquello que había observado durante sus primeras pruebas.
No comenzó a caer inmediatamente por agotamiento.
Siguió volando.



En cuestión de segundos aquel chocoyo que días atrás había tenido en mis manos, ensangrentado y casi incapaz de mantenerse de pie, comenzó a convertirse simplemente en un pequeño punto verde entre los árboles.

Hasta que finalmente lo perdí de vista.
Y eso era precisamente lo que quería que ocurriera.
¿Se reunió inmediatamente con los otros chocoyos?
No.
Al menos no que yo pudiera observar.
Cuando salió de la jaula tomó su propia dirección y continuó volando.
¿Por qué?
No tengo forma de saberlo.
Tal vez aquellos chocoyos que estaban cerca no pertenecían a su grupo habitual. Tal vez simplemente decidió dirigirse hacia otro lugar conocido.
A partir de ese momento, afortunadamente, eso volvió a ser asunto suyo.
Ya no era un paciente.
Volvía a ser un animal silvestre tomando sus propias decisiones.
Ahora comienza otra etapa: buscarlo sin molestarlo
Desde entonces sigo pendiente.
Cada vez que escucho chocoyos cerca salgo con mi cámara y el telefoto para intentar observarlos.
Hasta ahora no he conseguido identificar con certeza al individuo que liberamos.
Y probablemente sea difícil.
Los pericos pequeños pueden desaparecer increíblemente bien entre el follaje y, una vez que se encuentran nuevamente entre otros individuos de su especie, reconocer a uno concreto puede ser complicado.
Pero sigo intentándolo.
Tal vez algún día vuelva a aparecer en el mismo guayabo.
Tal vez consiga fotografiarlo y alguna característica de la cicatriz permita reconocerlo.
O quizá nunca vuelva a saber nada de él.
La ausencia de una observación tampoco significaría necesariamente que algo salió mal. Un animal libre puede desplazarse por una zona muchísimo mayor de la que nosotros somos capaces de vigilar.
De cualquier forma, espero que actualmente esté haciendo exactamente lo que debería hacer un chocoyo:
volando, buscando alimento, gritando con otros chocoyos y evitando a seres humanos entrometidos como yo. XD
Liberar no significa simplemente abrir una jaula
Quise contar esta historia porque creo que permite explicar de una forma muy sencilla algo que a veces se pierde cuando hablamos de rescate de fauna.
Una liberación no debería ser un acto simbólico.
No se trata simplemente de abrir una puerta porque “el animal merece ser libre”.
Por supuesto que queremos verlo libre.
Pero precisamente porque queremos que sobreviva, debemos preguntarnos primero si realmente tiene posibilidades razonables de hacerlo.
En este caso concreto conocíamos su especie, su procedencia y el lugar exacto donde había sido encontrado. Sabíamos que era un individuo silvestre. Recibió atención veterinaria. Pudimos observar su recuperación y evaluar nuevamente su capacidad de vuelo antes de devolverlo al mismo entorno del que procedía.
Y aun teniendo todas esas condiciones a favor, la primera vez que parecía posible liberarlo decidí no hacerlo porque su vuelo todavía no me convencía.
Creo que esa fue una de las decisiones más importantes de todo el proceso.
Porque a veces ayudar a un animal significa intervenir.
Y otras veces significa simplemente esperar un poco más.
Esta experiencia también reforzó algo que llevo mucho tiempo pensando:
el objetivo de rehabilitar fauna silvestre no debería ser conseguir una fotografía bonita de un animal saliendo de una jaula.
La verdadera pregunta viene después:
¿tiene ese animal las herramientas necesarias para seguir vivo cuando ya nadie esté allí para ayudarlo?
En el caso de este pequeño chocoyo, hicimos todo lo posible para que la respuesta fuera sí.
El resto de la historia, afortunadamente, ahora le pertenece a él. 🦜💚


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